JUANMA: La inocencia frente al caos (Mario Pérez-Roldán)
Toda comedia humana necesita a alguien puro que observe el desastre con ojos abiertos, y en nuestro cosmos particular, ese es Juanma (Donpi).
Juanma es ese seminarista pálido, huérfano y asustadizo, que aprieta el rosario como quien se aferra a un salvavidas cuando el salón de su casa apesta a tinte de zapatos, laca y desesperación. Es el muchacho dispuesto a soportar estoicamente el dolor de una apendicitis sobre una mesa de billar iluminada por las velas de un portal de Belén, aferrándose a la esperanza de un final mejor. Pero el multiverso nos regaló también a su álter ego, Donpi (o el Padre Dompi, interpretado en su edad madura por el actor Zack Molina), ese cura campechano que, por un desliz del destino, acaba viajando al año 1989 con un peto vaquero y una camisa multicolor de Cáritas, amenazando con una navaja y hablando jerga de los ochenta para intentar evitar que su amigo Pepe se fume su primer cigarro.
Este rol tan dual, que bascula entre el drama médico y la comedia fantástica de enredos, recae en Mario Pérez-Roldán, un actor que aporta una luz y una ternura inigualables. Mario, que ya nos acompañó brindando su serenidad como San Gabriel en Gemma Galgani y que es un rostro habitual en nuestros proyectos como El Evangelio de la servilleta, domina a la perfección esa ingenuidad abrumada. Imaginar a Juanma hiperventilando en medio de un pinar bajo el sol abrasador, convencido de que arrastrar una nevera azul de playa constituye una violación de la Convención de Ginebra, es pura magia cómica.

Juanma (Dompi), interpretado por Mario Pérez-Roldán.
Juanma es el personaje que nos conecta con la vulnerabilidad más extrema. Representa a ese niño que todos llevamos dentro y que se siente perdido cuando los adultos, en este caso, sus amigos desastrosos, pierden el control. Su fe, que a veces parece más un manual de supervivencia que una convicción religiosa, es lo único que mantiene su mundo unido. Es fascinante ver cómo evoluciona: de ser un “mueble triste” a encontrar su propia voz, incluso en situaciones absurdas donde el tiempo y el espacio parecen doblarse.
Mario Pérez-Roldán ha logrado que nos encariñemos profundamente con su desamparo. Juanma no es solo el huérfano del grupo; es el alma que nos obliga a mantener la decencia. A través de sus ojos, descubrimos que, incluso en medio del caos de nuestras vidas, siempre hay espacio para la inocencia y, por qué no, para un milagro.




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