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LUIS JOSÉ: La nobleza de los que siempre pierden. (José Luis Panero)

Si hay un personaje que encarna el patetismo más tierno y la lealtad incondicional, es nuestro zapatero arruinado. Luis José es ese hombre de cincuenta años que se va a la piscina con la camisa por dentro del bañador para ocultar sus complejos. El que soporta dormir haciendo la cucharita en pleno agosto con su excéntrico suegro Modesto con tal de tener un techo, sudando mares pero aguantando el tipo. Sin embargo, es ese mismo hombre el que no duda un segundo en ofrecer su sangre, literalmente, con su cero positivo universal, para salvar la vida de un muchacho sobre una mesa de billar iluminada por las velas de un Belén.

Construir a Luis José desde la página en blanco ha sido un viaje fascinante. Necesitaba a alguien que fuera el contrapeso perfecto para el cinismo de Antonio. Luis José es el eterno perdedor que nunca tira la toalla. Es el tipo al que intentar vender mocasines de color mostaza a veinticinco mil pesetas le ha cavado la fosa financiera, pero que sigue creyendo con ilusión infantil en mapas del tesoro enterrados en el parque del barrio cuando era solo un crío.

Pero no podemos entender a Luis José sin su faceta de padre. Su amor desmedido por su hija Marichu es su verdadero motor y, a la vez, su mayor fuente de infartos y sudores fríos. Esa sobreprotección cómica, ese pavor a que se dé “restregones” en el portal con el hijo de Antonio, esconde en el fondo el miedo atroz de un hombre que se siente pequeño ante un mundo que avanza demasiado rápido.

Darle vida a un personaje tan poliédrico en su patetismo no es tarea fácil, y ahí es donde entra el trabajo impecable de José Luis Panero. Cuando confías un papel de este calibre a uno de tus mejores amigos, siempre existe un riesgo, pero con Panero la conexión trasciende. Él ha sabido hacer suya esa vis cómica que nace puramente de la tragedia cotidiana. Sabe encorvar los hombros y mirar al suelo de tal manera que, con solo verle en el encuadre, ya percibes el peso de todas esas deudas. Esa complicidad que compartimos fuera de cámara nos permite afinar cada toma en el set sin apenas darnos indicaciones.

El actor José Luis Panero, caracterizado como Luis José.

Por supuesto, Luis José tampoco funcionaría sin los espejos en los que se mira. Su bondad torpe brilla especialmente cuando choca con la mirada implacable de Ana. Ver a Laura Lebó dándole la réplica frente a la cámara, desarmando sus dramas con esa franqueza absoluta que ella domina, es lo que termina de anclar a Luis José a la realidad. Ana es la única capaz de decirle que huele a “funeral de payaso” por el tinte de zapatos y, al mismo tiempo, la primera en jugarse el tipo frente a un cura estirado para defender a su familia elegida.

Finalmente, el verdadero armazón dramático y cómico de Luis José se sostiene sobre su incombustible y conflictiva relación con Antonio, un rol que Alberto Mazarro defiende con una brillantez arrolladora. Antonio es el reverso de su moneda: donde Luis José pone queja y sentimentalismo, el Antonio de Mazarro responde con una coraza de ironía, practicidad implacable y un punto de chulería de barrio. Son el agua y el aceite, dos hombres que se pasan la vida reprochándose los defectos, ya sea criticando camisas inadecuadas en un pinar o discutiendo sobre el precio de las copas de vino de un Rector, pero que en el fondo se saben trágicamente idénticos. Es Antonio quien saca a Luis José del cajero automático para meterlo en su casa, y es Luis José quien de verdad lee la vulnerabilidad oculta tras el muro de hielo de su amigo. La química entre Panero y Mazarro en la pantalla transforma lo que podría ser una simple comedia de enredos en un retrato honesto, áspero y profundamente conmovedor sobre la amistad masculina en la madurez; esa que no necesita decir “te quiero” porque prefiere demostrarlo compartiendo un catre en el cuarto de la plancha.

Luis José somos todos nosotros cuando nos superan las deudas, cuando nos aferramos a la nostalgia y cuando, a pesar de que el mundo se desmorona a nuestro alrededor, seguimos confiando ciegamente en los nuestros. Él es la prueba de que, a veces, los que más pierden son los que más tienen para dar.

En la próxima entrada rascaremos un poco en la coraza de hielo de Antonio.

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